Confesión (con marcas)
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Leonardo Trujillo
2/14/2026
La química no se puede enseñar… pero sí se puede provocar.
Con esta historia te puedo ilustrar un poco.
Tres mujeres han marcado mi vida de forma exponencial.
Podrían ser cuatro… pero no.
Ahora son tres.
Tres maestras, tres amantes, tres espejos.
Hoy no te voy a hablar de todas, ni de dos, ni de tres.
Te voy hablar de una.
Hace tiempo… estaba en una charla budista.
Todos sentados en cojines, como iluminados. Yo, con mi libreta en la mano, apuntando conceptos elevados… y dibujando pendejadas.
De pronto lo sentí.
Esa sensación reptiliana de que alguien te mira por la espalda.
Me volteo y dos filas atrás… Ahí estaba.
Morena, ojos profundos, con esa energía que te envuelve.
Cruzamos miradas y ella vuelve la vista al teacher.
Yo la veo un momento y sigo tomando notas. En el break me acerco, ella estaba con su amiga (que después también será parte de la historia, pero no ahora…)
Me pregunta: ¿Qué estabas dibujando?
Le enseño mi libreta.
Se ríe.
Y ahí empezó todo.
Dos o tres meses después ya no podíamos separarnos.
Las pláticas iban de lo más profundo del universo a lo mas trivial y absurdo.
Reírnos hasta de lo que no tenía sentido.
Sí, he estado enamorado antes.
Pero esto era otra cosa:
Potente. Magnético. Evolutivo.
Un día agarramos carretera, tres días de viaje.
Canciones en el camino, árboles monstruos y montañas infinitas.
Y en una de ellas, nos pasó algo increíble: Tres arcoíris al mismo tiempo.
Uno frente a nosotros, otro a un lado y otro detrás. Era como si el universo nos diera un espectáculo privado para festejar nuestro amor.
Los colores del viaje eran los mismos de la comida que hacíamos juntos.
Experimentábamos: sabores, texturas, banquetes improvisados.
Cantábamos canciones inventadas, creábamos juegos muy tontos, chistes.
Y sí… el sexo ni te cuento, mejor dejo a lo imagines.
Meditábamos juntos.
Compartíamos herramientas de desarrollo.
Buscábamos crecer por dentro.
Ella me abrió mundos, yo le mostré universos.
Era grande.
Enorme.
Hasta que…
Puta madre…. Siempre hay un pero.
Y este fue un “pero” del tamaño de una bomba nuclear.
Ella quería todo. Y yo también.
Pero no en el mismo idioma.
Era celosa a niveles atómicos.
Tanto que dejé de ver a mis amigas.
Dejé de socializar.
Me mutilé poco a poquito sin darme cuenta.
Mientras tanto ella tenía vida social sin pedos. Salía, convivía, fluía.
Pero si yo lo hacía… se armaba la grande
Ese fue el quiebre.
Me tocaba encajar en un molde que me apretaba como zapatos de niño.
Un molde que me pedía dejar de ser yo para poder seguir ahí.
¿Sabes qué pasa cuando usas zapatos pequeños?
Terminas cojeando, sangrando y maldiciendo el camino.
Yo no nací para encajar en moldes. Ni para pedir a nadie que lo haga.
Un día me acompaño a un viaje de trabajo.
Yo con estrés, mucha chamba (no es buena combinación).
Ella con mezcal, yo con malestar (muy mala combinación).
Y ahí explotamos.
No fue una discusión, fue un terremoto.
Fue abrirme el pecho, sacar mi corazón y tirarlo al piso. Ver que alguien que amas lo pisa y salta encima hasta hacerlo polvo.
Ahí se rompió todo. Yo también fui muy cruel…
Me arrepiento claro, y no estoy nada orgulloso de cómo terminó.
Después de eso, me fui al chamanismo.
A la selva, a aprender a refugiarme en algo diferente.
Ella se fue con los budistas.
Los budistas parecía que casi casi me desterraron.
Yo terminé muy desubicado, pero con un aprendizaje brutal.
Aprendí muchas cosas chidas de esa relación…
Pero también aprendí que no se trata de encajar.
Aunque sea hermoso, no hay que ponerse el traje que alguien quiere que uses.
No se trata de achicarte para caber.
Si un molde no te queda, no es tu molde.
Si unos zapatos te aprietan, no son tuyos.
Yo no quiero que encajes en nada.
Ni yo voy a encajar.
Prefiero romper el molde y quedarme descalzo… que vivir apretado toda la vida.
Y sé que tu también...
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