La bachata es una cosa rara.
Pasas horas bailando para encontrar tres minutos que valen la pena.
Me recuerda a un tiempo muy lejano en que quería ser cuentero.
Muy joven. Nada que ver con ser escritor.
Cuentero.
De esos que cuentan chistes o historias grandilocuentes.
Me veía contando historias a los niños…
Cuentos que inspiran a los jóvenes.
Historias que cautivan a las chicas.
Esos cuentos que te cambian la vida.
Porque esas historias cambiaron la mía.
Cuentos que cuando escuchas te cae el veinte sin que lo veas venir.
Me inspiró un libro que descubrí en el teatro:
Cuando el hombre es su palabra, de Nicolás Buenaventura.
Todavía lo tengo por ahí.
Traía unos cuentos rarísimos:
Los Cuentos del Espíritu, para amar y pensar.
Un espíritu embrujado le contaba cuentos a un rey.
Dentro de ese cuento, otro cuento.
Y dentro de ese… otro más.
Tres.
Cuatro capas.
Cada historia con un acertijo que el rey tenía que descifrar.
Era como desenredar un nudo hecho de historias.
Me aprendí varios de memoria y los contaba cada vez que podía: reuniones familiares, fiestas.
Imagínate el espectáculo:
un chavito contando cuentos con moraleja, donde un espíritu cuenta un cuento tras otro.
Muy loco.
Pero mi historia con los cuentos empezó mucho antes, cuando todavía no sabía leer ni escribir.
De niño, contaba historias en la fogata con amigos.
Mis hermanos alrededor del fuego.
Yo decía:
- Les voy a contar algo…
Cuando venían mis primos, historias de miedo.
Luces apagadas, una vela encendida.
Fábulas y leyendas que nos hacían temblar.
Todos callados.
Todos escuchando.
Me sabía de memoria los cuentos de los Hermanos Grimm.
Los contaba como si estuviera leyendo: pausas, ritmo, cambiando la página en el momento exacto.
Parecía que sabía leer.
Pero no sabía nada.
Aprendí a leer y escribir tarde.
Diez u once años.
Siempre me ha costado más todo.
Dislexia.
Torpeza.
Llámalo como quieras.
Pero cuando todo te cuesta más…
Te vuelves terco.
Persistente.
Porque si no lo eres… no avanzas.
Mientras otros niños leían cuentos…
Yo estaba construyendo naves espaciales para viajar al espacio. Pero eso da para otra historia.
Aprendí a contar historias desde muy niño.
Luego crecí y me olvidé de todo eso.
Porque sí, he estado casado tres veces.
Tengo cinco hijos.
Mis relaciones han sido… un poco caos.
Si buscas perfección…
No soy ese tipo.
Quizá por eso bailo.
Porque hay cosas que las palabras no saben explicar.
Pero contar historia... terminó siendo muy útil después, mucho después.
Porque leer historias es una cosa…
Saber cuándo la gente deja de respirar para escuchar la siguiente frase…
Eso es otra cosa.
Aquí envío una historia todos los días.