El día que salté de un autobús al vacío

Olvidé esta escena toda mi vida… hasta que alguien me recordó lo que somos capaces de hacer cuando algo importa de verdad.

Leonardo Trujillo

12/21/2025

Si tu vida ya funciona… pero te falta sentirla… esto es para ti.

Cuando era niño tuve un accidente. 

Bueno, adolescente tendría algo así como 15 años.

Íbamos en un autobús de paseo escolar.

Fin de año: lagunas, montaña, cascadas, hasta discoteca estaba al final del plan.

Primero visitamos la laguna, un lugar majestuozo en el cráter de un volcán, con agua de color azul, azul marino y blanco… y un frio que te congela los huevos.

Tenía una novia del cole con la que coqueteaba. Besos escondidos, abrazos eternos y manitos sudadas, ya sabes cosas de niños…

Volvíamos en el bus por un camino estrecho de montaña.


Autobús lleno; curvas; risas; empujones.
Yo iba de un asiento a otro, molestaba a una niña, molestaba a otra, volvía con mi novia… en fin, la estaba pasando muy bien, cuando de pronto sentí que el bus comenzó a acelerar. Y no poco.
Mucho.
Demasiado.

Sentí la velocidad desbordada y fui a sentarme en el primer asiento libre que encontré.
Al instante que me senté, el autobús perdió el control

Y booom... dio un salto y caímos por un acantilado.

Solo recuerdo estar en medio de una montaña de cuerpos gritando, adoloridos y desubicados... muchas personas encima mío adentro del autobús.


Patié, empujé, me hice camino como pude entre brazos y piernas para salir.


Pasé encima de varios chicos y chicas y salí por la puerta del autobús que estaba de cabeza en una quebrada.

Sobrevive, decía mi corazón o lo que sea que pasaba por mi mente…

Vi el autobus de cabeza en la quebrada.
Vi al chofer muerto.
Vi a su acompañante sangrando, agonizante.
Vi a varias compañeras llenas de sangre.

La puerta estaba abierta.
Fui el primero en salir.

Había un silencio de película.

Ese zumbido tan fuerte que era ruidoso.
Después llegaron los gritos, los llantos, las quejas.

Yo no podía caminar bien: un pie roto (me dolía demasiado).

Aun así, recorrí el lugar.
Busqué rutas de escape, de salvación, qué hacer con lo que estaba pasando.


Y... de ahí la memoria se cerró, no recuerdo nada más.

Muchos años después, ya viviendo en México, ya habían inventado Facebook, y me escribe una desconocida...
“Quiero darte las gracias porque, quizá no lo recuerdes o no sea significante para ti, pero me salvaste la vida cuando tuvimos ese accidente. Entraste al autobús y me diste la mano para sacarme, lo hiciste conmigo y con los demás chicos. Me salvaste.”

Puta madre. La leí y me estalló algo adentro.

No sabía quién era.
No recordaba su cara o su nombre.
Pero sus palabras despertaron otra cosa.

De pronto la escena volvió.
No fue un recuerdo suave: fue un latigazo.

Y me vi de nuevo ahí, recordé como entré por la puerta donde todos lloraban.
La sangre estaba por todas partes.
Gritos ahogados. Muertos. Y olores oxidados.
Me lancé a jalar a quién pude.

Saqué a un amigo que quería salir corriendo.
Ayudé a una chica que no paraba de llorar.
Arrastré a varios más y quienes salían y estaban fuertes empezaron a ayudar a los que quedaban dentro.


Otros lloraban desconsolados, o se quedaban paralizados.

Yo saltaba en un pie porque el otro no respondía.

Salí, entré, saqué, empujé, hasta que llegó la gente del pueblo y se tomó el relevo.

Fue impulso natural, fue potencia.
No había miedo solo certeza.

Sobrevivencia total!

Fue tan potente que lo había borrado de mi película de vida.


Delete total.
Recordaba el accidente; recordaba el dolor; pero esa escena de entrar y sacar a los chicos y chicas, llena de sangre y ruinas, la había editado y escondido.

Y que te quiero contar con todo esto?

Bueno, a veces olvidamos lo potente que somos.


Olvidamos lo compasivos, lo amorosos y desinteresados.
Esa capacidad de cuidar y de levantarnos está dentro, aunque no lo recordemos.

Puede que no lo veas ahora.

No sé si fue suerte o instinto, pero salí de ahí vivo y con una certeza: siempre me voy a lanzar de cabeza por lo que me importa.

Y ahora me estoy riendo porque… creo que eso explica bastante bien por qué estoy escribiéndote esto precisamente a ti.

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